Testigos de Jehová y adventistas repiten la misma objeción sin cansarse: «Los muertos no pueden escucharte», porque el alma —dicen— duerme hasta el juicio final. A primera vista suena razonable. Pero la Escritura dice otra cosa. No en una cita aislada: en siete pasajes distintos, desde Pablo hasta el Apocalipsis. Uno por uno.
El conocimiento se perfecciona tras la muerte
1 Corintios 13:9-13
«porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas. Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto. Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí. En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande todas es el amor.»
Pablo enseña que en esta vida el conocimiento es imperfecto. Cuando llegue lo perfecto —y eso ocurre al morir y ver a Dios cara a cara— se conocerá como Dios conoce: sin velo y sin límite. Si los santos conocen así, nada les es oculto. Pueden escuchar. Pueden entender las súplicas que se les dirigen.
Tras la muerte, veremos a Dios tal cual es
1 Juan 3:2
«Queridos míos, desde ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.»
San Juan confirma lo que dice Pablo. Ahora, en esta vida, no se ve: se cree. Tras la muerte, se ve a Dios tal cual es. Los santos ya cruzaron ese umbral. Ya ven. Ahí se cae el llamado «sueño del alma»: no están en ninguna oscuridad, están en la luz plena.
Tras la muerte viene el cielo
Juan 14:1-4
«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy.»
Jesús no deja lugar a dudas: hay un destino tras la muerte, y ese destino es estar con él. El cielo no es una metáfora: es el lugar donde Jesús fue a preparar sitio. Y los santos que vivieron en la fe ya están allí, con él, donde él prometió llevarlos.
Los santos: la gran nube de testigos
Hebreos 11:1 — 12:3
«Ahora bien, la fe es la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven. Por ella nuestros antepasados fueron considerados dignos de aprobación. Por la fe, comprendemos que la Palabra de Dios formó el mundo, de manera que lo visible proviene de lo invisible.
Por la fe, Abel ofreció a Dios un sacrificio superior al de Caín, y por eso fue reconocido como justo, como lo atestiguó el mismo Dios al aceptar sus dones. Y por esa misma fe, él continúa hablando, aún después de su muerte. Por la fe, Henoc fue llevado al cielo sin pasar por la muerte. Nadie pudo encontrarlo porque Dios se lo llevó, y de él atestigua la Escritura que antes de ser llevado fue agradable a Dios. Ahora bien, sin la fe es imposible agradar a Dios, porque aquel que se acerca a Dios de creer que él existe y es el justo remunerador de los que lo buscan. Por la fe, Noé, al ser advertido por Dios acerca de lo que aún no se veía, animado de santo temor, construyó un arca para salvar a su familia. Así, por esa misma fe, condenó al mundo y heredó la justicia que viene de la fe.
Por la fe, Abraham, obedeciendo al llamado de Dios, partió hacia el lugar que iba a recibir en herencia, sin saber a dónde iba. Por la fe, vivió como extranjero en la Tierra prometida, habitando en carpas, lo mismo que Isaac y Jacob, herederos con él de la misma promesa. Porque Abraham esperaba aquella ciudad de sólidos cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. También por la fe, Sara recibió el poder de concebir, a pesar de su edad avanzada, porque juzgó digno de fe al que se lo prometía. Y por eso, de un solo hombre, y de un hombre ya cercano a la muerte, nació una descendencia numerosa como las estrellas del cielo e incontable como la arena que está a la orilla del mar.
Todos ellos murieron en la fe, sin alcanzar el cumplimiento de las promesas: las vieron y las saludaron de lejos, reconociendo que eran extranjeros y peregrinos en la tierra. Los que hablan así demuestran claramente que buscan una patria; y si hubieran pensado en aquella de la que habían salido, habrían tenido oportunidad de regresar. Pero aspiraban a una patria mejor, nada menos que la celestial. Por eso, Dios no se avergüenza de llamarse su Dios y, de hecho, les ha preparado una Ciudad.
Por la fe, Abraham, cuando fue puesto a prueba, presentó a Isaac como ofrenda: él ofrecía a su hijo único, al heredero de las promesas, a aquel de quien se había anunciado: De Isaac nacerá la descendencia que llevará tu nombre. Y lo ofreció, porque pensaba que Dios tenía poder, aun para resucitar a los muertos. Por eso recuperó a su hijo, y esto fue como un símbolo. También por la fe, Isaac, en vista de lo que iba a suceder, bendijo a Jacob y a Esaú. Por la fe, Jacob, antes de morir, bendijo a cada uno de los hijos de José, mientras se inclinaba, apoyado en su bastón. Por la fe, José, al fin de su vida, hizo alusión al éxodo de los israelitas y dejó instrucciones acerca de sus restos.
Por la fe, Moisés, apenas nacido, fue ocultado por sus padres durante tres meses, porque vieron que el niño era hermoso, y no temieron el edicto del rey. Y por la fe, Moisés, siendo ya grande, renunció a ser llamado hijo de la hija del Faraón. El prefirió compartir los sufrimientos del Pueblo de Dios, antes que gozar los placeres efímeros del pecado: consideraba que compartir el oprobio del Mesías era una riqueza superior a los tesoros de Egipto, porque tenía puestos los ojos en la verdadera recompensa. Por la fe, Moisés huyó de Egipto, sin temer la furia del rey, y se mantuvo firme como si estuviera viendo al Invisible. Por la fe, celebró la primera Pascua e hizo la primera aspersión de sangre, a fin de que el Exterminador no dañara a los primogénitos de Israel. Por la fe, los israelitas cruzaron el Mar Rojo como si anduvieran por tierra firme, mientras los egipcios, que intentaron hacer lo mismo, fueron tragados por las olas. Por la fe, cayeron los muros de Jericó, después que el pueblo, durante siete días, dio vueltas alrededor de ellos. Por la fe, Rahab, la prostituta, no pereció con los incrédulos, ya que había recibido amistosamente a los que fueron a explorar la Tierra.
¿Y qué más puedo decir? Me faltaría tiempo para hablar de Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jefté, de David, de Samuel y de los Profetas. Ellos, gracias a la fe, conquistaron reinos, administraron justicia, alcanzaron el cumplimiento de las promesas, cerraron las fauces de los leones, extinguieron la violencia del fuego, escaparon del filo de la espada. Su debilidad se convirtió en vigor: fueron fuertes en la lucha y rechazaron los ataques de los extranjeros. Hubo mujeres que recobraron con vida a sus muertos. Unos se dejaron torturar, renunciando a ser liberados, para obtener una mejor resurrección. Otros sufrieron injurias y golpes, cadenas y cárceles. Fueron apedreados, destrozados, muertos por la espada. Anduvieron errantes, cubiertos con pieles de ovejas y de cabras, desprovistos de todo, oprimidos y maltratados. Ya que el mundo no era digno de ellos, tuvieron que vagar por desiertos y montañas, refugiándose en cuevas y cavernas. Pero, aunque su fe los hizo merecedores de un testimonio tan valioso, ninguno de ellos entró en posesión de la promesa. Porque Dios nos tenía reservado algo mejor, y no quiso que ellos llegaran a la perfección sin nosotros.
Por lo tanto, ya que estamos rodeados de una verdadera nube de testigos, despojémonos de todo lo que nos estorba, en especial del pecado, que siempre nos asedia, y corramos resueltamente al combate que se nos presenta. Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús, el cual, en lugar del gozo que se les ofrecía, soportó la cruz sin tener en cuenta la infamia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Piensen en aquel que sufrió semejante hostilidad por parte de los pecadores, y así no se dejarán abatir por el desaliento.»
Esta es la respuesta a «¿quiénes son los santos?». La Escritura los nombra uno por uno. No es invención de la Iglesia. Son los que vivieron, sufrieron y murieron buscando una patria que no es de este mundo, y el autor de Hebreos no los pone de adorno: dice que esa nube de testigos rodea a los que todavía corren. Nadie está rodeado por quienes no están.
El alma no duerme — Cristo predicó a los espíritus
1 Pedro 3:18-22
«Cristo murió una vez por nuestros pecados –siendo justo, padeció por la injusticia– para llevarnos a Dios. Entregado a la muerte en su carne, fue vivificado en el Espíritu. Y entonces fue a hacer su anuncio a los espíritus que estaban prisioneros, a los que se resistieron a creer cuando Dios esperaba pacientemente, en los días en que Noé construía el arca. En ella, unos pocos –ocho en total– se salvaron a través del agua. Todo esto es figura del bautismo, por el que ahora ustedes son salvados, el cual no consiste en la supresión de una mancha corporal, sino que es el compromiso con Dios de una conciencia pura, por la resurrección de Jesucristo, que está a la derecha de Dios, después de subir al cielo y de habérsele sometido los Angeles, las Dominaciones y las Potestades.»
Aquí cae el argumento del «sueño del alma», y cae por donde más duele. Cristo, tras morir, no quedó inconsciente esperando el juicio final: fue a hacer su anuncio a los espíritus que estaban prisioneros. Un anuncio supone alguien que habla y alguien que oye, y los dos estaban muertos. El alma sigue activa después de la muerte del cuerpo. Si la de Cristo lo estuvo, la de los santos también.
Los santos están en la Jerusalén celestial
Hebreos 12:22-24
«Ustedes, en cambio, se han acercado a la montaña de Sión, a la Ciudad del Dios viviente, a la Jerusalén celestial, a una multitud de ángeles, a una fiesta solemne, a la asamblea de los primogénitos cuyos nombres están escritos en el cielo. Se han acercado a Dios, que es el Juez del universo, y a los espíritus de los justos que ya han llegado a la perfección, a Jesús, el mediador de la Nueva Alianza, y a la sangre purificadora que habla más elocuentemente que la de Abel.»
Los santos fallecidos no flotan en ningún limbo esperando el juicio. Están en «la Ciudad del Dios viviente». Y hay que leer el verbo: los vivos se han acercado a ellos, en presente y en perfecto, no en una promesa futura. Son espíritus de justos que ya llegaron a la perfección. Perfectos. Cerca de Dios. Sin barrera y sin distancia.
Los santos llevan las oraciones ante el trono
Apocalipsis 5:8
«Cuando lo tomó, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero; cada uno tenía un arpa y copas de oro llenas de incienso aromático, que son las oraciones de los santos.»
San Juan lo ve en visión: en el cielo, delante del Cordero, los seres celestiales llevan ante el trono copas de incienso que son las oraciones de los santos. Las oraciones de los fieles de la tierra llegan al altar del cielo a través de los que allí están. Los santos no solo escuchan: presentan.
Conclusión
Los santos son los que vivieron en la fe —Abel, Henoc, Noé, Abraham, Moisés, los profetas—, los que tras la muerte están en la Ciudad del Dios viviente, la Jerusalén celestial. Allí conocen como Dios los conoce. Allí ven a Dios tal cual es. Allí no hay limitación ni distancia.
Y lo que hace la Iglesia al invocarlos es exactamente lo que muestra el Apocalipsis: llevan al altar del cielo las oraciones de los fieles y las presentan ante el trono del Cordero. A los santos no se los adora. Se les pide que intercedan ante Dios, igual que se le pide a un hermano vivo que rece por uno. La única diferencia está a favor de ellos: están en el cielo y conocen como Dios conoce. Por eso ven, escuchan e interceden. Quien dice que los muertos no pueden escuchar tiene que explicar antes por qué el cielo guarda las oraciones en copas de oro.