Hay una pregunta que no puede quedar sin respuesta: Jesús dijo «Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan» (Jn 20:23). ¿A quién le habló? ¿Y cómo se retienen los pecados de alguien sin saber cuáles son? Eso exige confesión. Eso exige un sacerdote con autoridad para perdonar. Pero primero hay que responder la objeción.
Testigos de Jehová, adventistas y pentecostales la formulan casi con las mismas palabras: «Todos los creyentes somos sacerdotes; no hace falta ningún intermediario.» Y citan para eso 1 Pedro 2:9. La respuesta no consiste en negar ese versículo —es verdadero y está en la Biblia— sino en leer los otros, que están en la misma Biblia y hablan de un segundo sacerdocio que nadie se toma por su cuenta.
Un hombre tomado de entre los hombres
Hebreos 5:1-2
La carta a los Hebreos es clara desde el principio:
«Todo sumo sacerdote es tomado de entre los hombres y puesto al servicio de Dios en favor de ellos, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Puede compadecerse de los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está rodeado de debilidad.»
El sacerdote no está por encima de la condición humana. Comparte las mismas luchas, tentaciones y debilidades de cualquier creyente. Esta es la base de la compasión pastoral: nadie puede acompañar genuinamente al otro en lo que no conoce. El sacerdote puede compadecerse porque también él lucha.
Santo por Dios, no por mérito propio
Levítico 21:6-8
En el Levítico, Dios establece que los sacerdotes deben ser considerados santos. Pero la santidad que se les pide no es perfección moral absoluta, sino consagración: están apartados para Dios y su servicio:
«Estarán consagrados a su Dios y no profanarán el nombre de su Dios... Deberás considerarlo santo, porque él ofrece el alimento de tu Dios. Será santo para ti, porque yo, el Señor que te santifico, soy santo.»
Conviene ver en quién se funda esa santidad. No dice «será santo porque se lo ha ganado»: dice porque yo, el Señor que te santifico, soy santo. Al pueblo se le manda considerarlo santo por Dios, no por los méritos del hombre. Esto libera de una expectativa equivocada: la fe no reposa en la virtud del ministro, sino en la fidelidad de Dios.
«Todos somos sacerdotes» — la objeción y su límite
1 Pedro 2:9 y Hebreos 5:4
San Pedro lo dice con claridad:
«Ustedes, en cambio, son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz:»
El sacerdocio bautismal es real. Nadie lo niega. Pero hay dos sacerdocios en el Nuevo Testamento, no uno. La misma carta a los Hebreos lo distingue con precisión:
«Nadie se apropia este honor, sino que es llamado por Dios, como lo fue Aarón.»
Hay un sacerdocio que se recibe en el bautismo, y hay otro que requiere llamado y consagración específica. Esto no es una invención tardía. Cuando Coré y su gente argumentaron que «Toda la comunidad es sagrada, y el Señor está en medio de ella» (Núm 16:3) —reclamando acceso al sacerdocio ministerial sin vocación— Dios respondió abriéndose la tierra bajo sus pies. Y está en el Nuevo Testamento:
«En cada comunidad establecieron presbíteros, y con oración y ayuno, los encomendaron al Señor en el que habían creído.»
Pablo le ordena a Tito: «Te he dejado en Creta, para que terminaras de organizarlo todo y establecieras presbíteros en cada ciudad de acuerdo con mis instrucciones» (Tit 1:5). A Timoteo le recuerda: «No malogres el don espiritual que hay en ti y que te fue conferido mediante una intervención profética, por la imposición de las manos del presbiterio» (1 Tim 4:14). Presbiterio: un cuerpo constituido, con manos que se imponen y un don que se transmite. Esto es estructura, no metáfora.
«No llames a nadie padre» — respuesta bíblica
Mateo 23:9
Jesús dice en Mateo 23:9: «Nadie en el mundo llamen "padre", porque no tienen sino uno, el Padre celestial.» El que usa este versículo contra el sacerdocio católico tiene un problema: la misma Biblia lo contradice en varios pasajes.
San Pablo se llama a sí mismo padre: «aunque tengan diez mil preceptores en Cristo, no tienen muchos padres: soy yo el que los ha engendrado en Cristo Jesús, mediante la predicación de la Buena Noticia» (1 Cor 4:15). Esteban, ante quienes lo apedrearían, los llama: «Hermanos y padres, escuchen» (Hch 7:2). De Abraham se dice que es «padre de los que se circuncidan» y «nuestro padre Abraham» (Rom 4:12). El propio Jesús habla del padre de cada uno (Mt 7:11, Lc 15:11-32).
Mateo 23:9 no prohíbe el uso gramatical de la palabra: prohíbe la idolatría de la autoridad humana, colocar a un hombre en el lugar de Dios. El contexto lo dice: Jesús habla contra los fariseos que buscan honores y títulos para sí mismos.
El perdón de los pecados — Juan 20:22-23
Volvamos al punto de partida. Jesús resucitado se aparece a los apóstoles y sopla sobre ellos —el mismo gesto del Génesis, cuando «sopló en su nariz un aliento de vida» y el hombre de arcilla se convirtió en un ser viviente (Gn 2:7)—:
«Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»»
Hay que detenerse en el verbo que nadie cita: retener. ¿Cómo se retienen los pecados de alguien sin saber cuáles son? No se puede. Este versículo exige que el penitente declare sus pecados, porque sin oírlos no hay nada que perdonar ni que retener. Eso es la confesión sacramental, instituida por Cristo mismo.
El altar y el sacrificio en el Nuevo Testamento
Hebreos 13:10 y Malaquías 1:11
Si no hay sacerdocio ni sacrificio en el Nuevo Testamento, ¿por qué la carta a los Hebreos dice esto?
«Nosotros tenemos un altar del que no tienen derecho a comer los ministros de la Antigua Alianza.»
Y el profeta Malaquías, siglos antes de Cristo, anunció:
«Pero desde la salida del sol hasta su ocaso, mi Nombre es grande entre las naciones y en todo lugar se presenta a mi Nombre un sacrificio de incienso y una ofrenda pura; porque mi Nombre es grande entre las naciones, dice el Señor de los ejércitos.»
Un sacrificio y una ofrenda pura, en todo lugar de la tierra, y anunciados por un profeta cuando el único altar legítimo estaba en Jerusalén. Los Padres de los primeros siglos reconocieron en esto la Eucaristía —el único sacrificio que cumple esa profecía—. Y si hay sacrificio, hay quien lo ofrece.
Lo que la Escritura nos enseña
- El sacerdote es un hombre como todos, que puede luchar y fallar.
- Su autoridad y santidad provienen de Dios, no de sus méritos personales.
- La validez de los sacramentos no depende de la santidad personal del ministro.
- El sacerdocio ministerial ordenado está en el Nuevo Testamento: Hch 14:23, Tit 1:5, 1 Tim 4:14.
- El perdón sacramental fue instituido por Cristo en Juan 20:22-23.
Si se toma la Biblia entera —no pasajes aislados— se encuentra sacerdocio ordenado, confesión, sacrificio y altar. La pregunta no es si está en la Biblia. Está. La pregunta es si se está dispuesto a leer todo.