Contra el papado la objeción tiene dos formas. La primera la repiten los protestantes de casi todas las denominaciones, adventistas y Testigos de Jehová incluidos: «La roca es Cristo, no Pedro. Pedro es apenas una piedrita; la roca es la fe que confesó.» La segunda es propia del mundo evangélico: «La verdadera Iglesia es invisible: no tiene jerarquía, ni obispos, ni papa. Eso lo inventó Roma.»

Las dos se responden con la Escritura. Primero, sobre qué está edificada la Iglesia y quién tiene las llaves. Después, si esa Iglesia tiene gobierno y si existía antes de que alguien la organizara. Y por último, a quién le encargó Cristo sostener a los demás.

Cristo es la piedra angular, y hay cimientos
Efesios 2:20-22

Antes de discutir si Pedro es piedra hay que ver cómo usa Pablo esa imagen.

✝︎ Efesios 2:20-22
«Ustedes están edificados sobre los apóstoles y los profetas, que son los cimientos, mientras que la piedra angular es el mismo Jesucristo. En él, todo el edificio, bien trabado, va creciendo para constituir un templo santo en el Señor. En él, también ustedes son incorporados al edificio, para llegar a ser una morada de Dios en el Espíritu.»

Pablo no pone a Cristo y a los apóstoles en competencia: los pone en el mismo edificio. Cristo es la piedra angular, la que sostiene y alinea todo lo demás; los apóstoles y los profetas son los cimientos, y lo son en él. Que los apóstoles sean fundamento no le quita nada a Cristo. Y el edificio no está terminado: va creciendo, con piedras que se agregan sobre las primeras. La objeción obliga a elegir entre Cristo y los apóstoles. Pablo no elige.

«Tú eres Pedro»: las llaves del Reino
Mateo 16:16-19

El pasaje central es la respuesta de Jesús a la confesión de Pedro.

✝︎ Mateo 16:16-19
«Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo».»

Jesús hablaba arameo, y en arameo la palabra es una sola: kefa, piedra. El Evangelio de Juan conserva el nombre original en el primer encuentro: «tú te llamarás Cefas, que traducido significa Pedro» (Jn 1:42), y Pablo lo sigue llamando Cefas en sus cartas. Al pasar al griego, petra es una palabra femenina y no sirve como nombre de varón, así que se le dio la terminación masculina: Petros. La diferencia entre piedrita y roca no está en lo que Jesús dijo. Está en la gramática del traductor.

Después, las llaves. Mateo escribe para judíos, y un judío sabía qué significaba recibir las llaves de un rey. Isaías lo cuenta: Dios anuncia que va a quitar de su cargo a Sebná, el mayordomo de palacio, y que pondrá en su lugar a Eliaquím: «pondré sobre sus hombros la llave de la casa de David: lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá» (Is 22:22). La llave era la autoridad del rey puesta en manos de un administrador, que abría y cerraba en su nombre. Jesús toma esa imagen y se la entrega a Pedro, con el mismo par de verbos (atar y desatar, abrir y cerrar) y con una garantía que Eliaquím no tenía: lo que Pedro ate en la tierra queda atado en el cielo.

Y todo está dicho en singular. Atar y desatar lo recibirán más adelante todos los apóstoles (Mt 18:18). Las llaves, solamente Pedro.

Piedras vivas: nadie le quita el lugar a Cristo
1 Pedro 2:3-8

El que mejor responde a la objeción de la roca es el propio Pedro.

✝︎ 1 Pedro 2:3-8
«…ya que han gustado qué bueno es el Señor. Al acercarse a él, la piedra viva, rechazada por los hombres pero elegida y preciosa a los ojos de Dios, también ustedes, a manera de piedras vivas, son edificados como una casa espiritual, para ejercer un sacerdocio santo y ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo. Porque dice la Escritura: «Yo pongo en Sión una piedra angular, elegida y preciosa: el que deposita su confianza en ella, no será confundido». Por lo tanto, a ustedes, los que creen, les corresponde el honor. En cambio, para los incrédulos, la piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: piedra de tropiezo y roca de escándalo. Ellos tropiezan porque no creen en la Palabra: esa es la suerte que les está reservada.»

El hombre al que Cristo llamó piedra no se atribuye el lugar de Cristo. Llama a Cristo «la piedra viva», la piedra angular elegida por Dios, y a todos los creyentes «piedras vivas» edificadas sobre ella. La Escritura usa la imagen de la piedra para Cristo, para los apóstoles y para los fieles, cada uno en su sitio, y en ninguna página del Nuevo Testamento eso aparece como una rivalidad. Pedro no le disputa a Cristo el puesto: lo señala.

Y cierra con una advertencia que no suaviza. El tropiezo no está en la piedra sino en no creer en la Palabra, y esa es la suerte reservada a quien no cree. La Palabra, en Mateo 16, dice lo que dice.

La casa de Dios es la Iglesia
1 Timoteo 3:15

Pablo le escribe a Timoteo cómo hay que comportarse, y dice dónde:

✝︎ 1 Timoteo 3:15
«…Así sabrás cómo comportarte en la casa de Dios, es decir, en la Iglesia del Dios viviente, columna y fundamento de la verdad.»

Pablo no dice que la Escritura sea la columna y el fundamento de la verdad. Dice que lo es la Iglesia, y la llama casa del Dios viviente. No hay más que agregar, salvo una cosa: una casa tiene dueño, tiene puertas y tiene a alguien que guarda las llaves.

Una casa con quien la gobierne
1 Timoteo 3:1-5 y 3:8

Unas líneas antes, Pablo describe quién gobierna esa casa.

✝︎ 1 Timoteo 3:1-5
«Es muy cierta esta afirmación: El que aspira a presidir la comunidad, desea ejercer una noble función. Por eso, el que preside debe ser un hombre irreprochable, que se haya casado una sola vez, sobrio, equilibrado, ordenado, hospitalario y apto para la enseñanza. Que no sea afecto a la bebida ni pendenciero, sino indulgente, enemigo de las querellas y desinteresado. Que sepa gobernar su propia casa y mantener a sus hijos en la obediencia con toda dignidad. Porque si no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar la Iglesia de Dios?»
✝︎ 1 Timoteo 3:8
«De la misma manera, los diáconos deben ser hombres respetables, de una sola palabra, moderados en el uso del vino y enemigos de ganancias deshonestas.»

Lo que la traducción vierte como «presidir» y «el que preside» es, en griego, episkopé y epískopos: de ahí viene, letra por letra, la palabra obispo. Y diákonos es diácono. La Iglesia de Cristo tiene obispos y diáconos, es decir, jerarquía y autoridad, y Pablo fija los requisitos de cada cargo. Una comunidad donde nadie preside ni gobierna podrá tener la Biblia en la mano y buena voluntad, pero no tiene la forma de la Iglesia que Pablo describe. Es una obra de hombres.

El «casado una sola vez» pone un límite, no una obligación: excluye al que se volvió a casar, no al que no se casó, y el mismo Pablo no estaba casado (1 Co 7:7-8). Por eso el celibato de los sacerdotes es una disciplina de la Iglesia y no un dogma. En la Iglesia latina los sacerdotes no se casan y entregan su vida entera a Dios; en las Iglesias católicas orientales hay sacerdotes casados, y en todas partes un hombre casado puede ser ordenado diácono.*

Los lobos salen de adentro
Hechos 20:29-30

Pablo se despide de los presbíteros de Éfeso con una advertencia.

✝︎ Hechos 20:29-30
«Yo sé que después de mi partida se introducirán entre ustedes lobos rapaces que no perdonarán al rebaño. Y aun de entre ustedes mismos, surgirán hombres que tratarán de arrastrar a los discípulos con doctrinas perniciosas.»

Pablo anuncia dos amenazas: los lobos que entrarán desde afuera y los hombres que surgirán de adentro, de entre los mismos pastores, arrastrando discípulos detrás de sí. La segunda es la que la historia repitió. La ruptura del siglo XVI no la empezaron extraños: Lutero era fraile agustino y sacerdote, y Zuinglio era sacerdote en Zúrich. Los dos se habían formado en la Iglesia que después dejaron. Y la advertencia supone lo que la objeción niega: un rebaño con límites, del que se puede salir y fuera del cual se puede arrastrar a otros.

La Iglesia ya existía, y Saulo la perseguía
Hechos 8:1-3

Antes de convertirse, Pablo sabía muy bien dónde estaba la Iglesia.

✝︎ Hechos 8:1-3
«Saulo aprobó la muerte de Esteban. Ese mismo día, se desencadenó una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén. Todos, excepto los Apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría. Unos hombres piadosos enterraron a Esteban y lo lloraron con gran pesar. Saulo, por su parte, perseguía a la Iglesia; iba de casa en casa y arrastraba a hombres y mujeres, llevándolos a la cárcel.»

Años antes de que se escribiera la primera carta del Nuevo Testamento, la Iglesia ya tenía nombre, ciudad y perseguidores. Saulo no perseguía una idea ni una comunión invisible de almas: iba de casa en casa y se llevaba presos a hombres y mujeres. Se persigue lo que se puede encontrar. La Iglesia de Cristo existía, era visible y sus miembros tenían nombre y domicilio. Roma no la inventó: Saulo ya sabía dónde buscarla.

Perseguir a la Iglesia es perseguir a Cristo
Hechos 9:3-5

En el camino de Damasco, Cristo le dice a Saulo a quién estaba persiguiendo.

✝︎ Hechos 9:3-5
«Y mientras iba caminando, al acercarse a Damasco, una luz que venía del cielo lo envolvió de improviso con su resplandor. Y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». Él preguntó: «¿Quién eres tú, Señor?». «Yo soy Jesús, a quien tú persigues», le respondió la voz.»

Saulo nunca había visto a Jesús ni le había puesto la mano encima. Había encarcelado a cristianos. Y Jesús no le pregunta por qué persigue a sus seguidores: le pregunta por qué lo persigue a él. Cristo y su Iglesia son una sola cosa, al punto de que el golpe que recibe una lo recibe el otro. Separar a Cristo de su Iglesia es una operación que Cristo mismo no aceptó en el camino de Damasco.

«Confirma a tus hermanos»
Lucas 22:31-32

La noche de la Última Cena, Jesús se dirige a Pedro por su nombre.

✝︎ Lucas 22:31-32
«Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos.»

Satanás pidió zarandearlos a todos: el pronombre está en plural. Jesús dice que rogó por uno solo, «por ti», en singular, y a ese uno le encarga confirmar a los demás. El encargo no se lo da al más fuerte. Dos versículos después le anuncia que esa misma noche lo va a negar tres veces. Pedro es un hombre débil y pecador, y aun así la tarea de confirmar a sus hermanos en la fe se le encomienda a él solo. La firmeza no sale de Pedro: sale de la oración de Cristo por Pedro.

Tres veces: «Apacienta»
Juan 21:15-17

Después de la resurrección, a orillas del lago, Jesús vuelve sobre aquel encargo.

✝︎ Juan 21:15-17
«Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos». Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas». Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas».»

Pedro lo negó tres veces y Jesús le pregunta tres veces. No le reprocha la traición: le pide amor y, después de cada respuesta, le entrega el rebaño. «Más que estos» lo compara con los otros discípulos que estaban en la orilla, y el encargo es para él solo. Pero el rebaño no es de Pedro. Cristo dice «mis corderos», «mis ovejas»: Pedro apacienta lo ajeno, por encargo, como el mayordomo que guarda las llaves de una casa que no es suya. Cristo elige a un pecador para pastorear a sus ovejas, y la fuerza del encargo está en quien lo da.

  • Cristo es la piedra angular, y los apóstoles son cimientos en él: la Escritura no obliga a elegir.
  • En arameo, Pedro y la piedra son la misma palabra, kefa.
  • Las llaves son la autoridad del rey puesta en manos de su mayordomo, y se las da solamente a Pedro.
  • La Iglesia es columna y fundamento de la verdad, y tiene obispos y diáconos que la gobiernan.
  • Existía y se la perseguía antes de que se escribiera el Nuevo Testamento, y perseguirla es perseguir a Cristo.
  • A Pedro, débil y pecador, Cristo le encarga confirmar a sus hermanos y apacentar sus ovejas.

Conclusión

La Escritura no plantea la elección entre Cristo y Pedro. Cristo es la piedra angular y Pedro la piedra sobre la que Cristo edifica; Cristo es el dueño de la casa y Pedro el que guarda sus llaves; Cristo es el pastor y Pedro apacienta sus ovejas por encargo. La Iglesia que describen estos pasajes tiene cimientos, gobierno y límites, y existía antes de que se escribiera una sola carta del Nuevo Testamento. Eso no lo inventó Roma. Lo escribieron Mateo, Lucas, Pablo y el mismo Pedro.

En Isaías la llave pasa de Sebná a Eliaquím: cambia el mayordomo y el cargo sigue, porque la casa de David sigue en pie. Pedro murió mártir en Roma, y la promesa de que el poder de la Muerte no prevalecería contra la Iglesia no murió con él.

* Si un sacerdote católico decide que quiere casarse, puede pedirlo, pero no puede resolverlo por su cuenta. Tiene que solicitar formalmente la dispensa del celibato, que concede solamente el Papa (Código de Derecho Canónico, c. 291), junto con la pérdida del estado clerical, conocida como reducción al estado laical o secularización. Al recibirla deja de ejercer el ministerio: no celebra la Misa, no predica ni administra los sacramentos, y se dedica por completo a su vida conyugal y familiar. La única excepción es el peligro de muerte, en el que puede absolver a quien lo necesite (c. 976).

Lo que no pierde es el sacerdocio. La ordenación imprime un carácter indeleble (c. 1008): es sacerdote «para siempre, según el orden de Melquisedec» (Hebreos 5:6), y la Iglesia reconoce que sacerdote fue y sacerdote sigue siendo. Lo que pierde es el estado clerical, con sus derechos y obligaciones: deja de pertenecer jurídicamente al clero, pasa a ser un laico ante la ley de la Iglesia y queda libre del celibato para casarse válidamente por la Iglesia.