Llegué al catolicismo después de un recorrido largo. Leí de todo: ocultismo y esoterismo, las llamadas tablas esmeralda, la biblia satánica, las filosofías orientales, Nietzsche, los epicúreos. Probé respuestas en todas partes y no encontraba ninguna que se sostuviera. El estoicismo fue lo último que me ofreció algo serio antes de Cristo — Séneca, Marco Aurelio, Epicteto me enseñaron a mirar la verdad sin pestañear. Y mirando la verdad sin pestañear terminé donde no esperaba: ante la Iglesia Católica.

Este sitio es para vos si estás en alguno de estos lugares: dudás de la fe que recibiste y no sabés a quién preguntarle; estás buscando entre tradiciones y nadie te da una respuesta que te aguante el peso; te acabás de convertir y te sentís solo, sin guía, asediado por todos lados. Conozco ese lugar. Estuve ahí. Y sé lo que hay alrededor: católicos tradicionales que a veces dan por supuesto lo que tendrían que demostrar y no saben explicarlo; y peor todavía, católicos tibios — los que van a misa por costumbre, no saben qué creen, no defienden nada, y son los primeros en encogerse de hombros cuando alguien ataca la fe delante de ellos.

✝ Apocalipsis 3,15-16
«Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.»

Un tibio no defiende nada, no explica nada, no convence a nadie. Al menos el que cree algo equivocado tiene algo que ofrecer.

Y los protestantes aparecen. Aparecen siempre. Testigos de Jehová, pentecostales, adventistas, mormones, cada secta con su versión recortada de la Escritura y su certeza prestada. Acá vas a encontrar respuesta a esas sectas, en su propio terreno, con su propia arma: la Biblia entera — incluyendo los libros deuterocanónicos que ellos arrancaron de sus traducciones sin autoridad para hacerlo. Con la Biblia bien leída, los Padres de la Iglesia, el Magisterio, el Catecismo, y la razón que Dios nos dio como regalo.

Mi inspiración principal en este trabajo es el Padre Luis Toro. Es profeta de Dios en nuestro tiempo y no puedo quitarle el crédito que le corresponde. Lo que él hace hablando, yo intento hacerlo escribiendo, en los idiomas y para los lectores que él no alcanza.

No escribo para ganar discusiones. Escribo para que el que está dudando solo en la noche tenga algo serio a mano cuando le toque defender su fe — o cuando le toque encontrarla por primera vez.

— M.G.